El señor del ajedrez



La muerte no distinguirá entre tú y el señor del ajedrez, aquel que te enseñó a jugar cuando se cansaba de ganarse a si mismo.

Ese señor, el del ajedrez, salía al mundo citadino en bicicleta de montaña. Jamás se adaptó, como su bicicleta. Bebió el elixir demasiadas veces. Se balanceó casi literalmente por la vida que no le tocó. No estuvo ebrio de vida, estuvo ebrio de alcohol. Eso permaneció y no fue lo que lo mató.

En una ocasión se calló de su mundo. Lo creímos muerto pero era muy joven aún. Se recuperó en un hospital de mala facha, pero no importó. Sus heridas eran superficiales, no requerían mucha atención. 

Te recordaba al señor que te enseñó a vivir. Él es otro cuento, pero eran muy parecidos. Altos, señores quemados por el andar diario en caminos sin sombra. Sus ojos claros reflejaban años de soledad y muerte. Ya estaba escrito que morirían solos desde que se encontraron como hermanos y apartaron a su madre que dejó de amamantar sus corazones...

Ahora todo regresa de la memoria a tu presente. El señor del ajedrez y su esposa. La señora del bienestar social, la pulcritud falsa y ropa entallada. Ella no te enseñó nada, solo a pensar que en ocasiones hay personas en tu vida que no sirven si no para estorbar. De ella solo recuerdas su cara de infelicidad y una sonrisa falsa que delataba el poco amor que sentía por el señor del ajedrez.


No te importaba, ni ella ni nadie. Cuando subías a su mundo era solo de pasadita para brincar a la azotea del universo y jugar con Superman, tu perro. Y si llegabas a desviarte de Metrópolis era porque el señor del ajedrez en su concentración táctica dejaba un espacio entre el silencio y él para darte la posición blanca del juego.

Esa eres tú, este es tu juego y estas piezas tu pueblo. No debes dejar que se coman a tu gente y mucho menos a tu reina. El rey no es estratégico, pero si muere ya perdiste. El caballo se mueve distinto, pero es arma fundamental para distraer al oponente. Brinca de esta manera, en forma de ELE. Es diferente. La torre es la pieza rápida, va directa de arriba a abajo, sus movimientos deben ser como los de una espada. El alfil tiene clase, se mueve en forma de TACHE. La reina lo tiene todo, pero no es posible que alguien sepa manejarla en su totalidad. Solo se usa en ocasiones, cuando quieras asegurar una jugada. Los peones son como la carne de cañón, pero también debes cuidarlos mucho. Son lentos y cuando avanzan ya no regresan. Mira. 

En otros días, cuando tu esencia prima lo exigía simplemente lo contemplabas desde una esquina. Su dualidad te sorprendía. Del negro al blanco se debatía el poder del tablero, con él y contra él. La mano en la barbilla o manejando su bigote. Pensando cómo sabotearse su propia jugada. Esplendido, así lo recuerdas para siempre.

El señor del ajedrez dejó de ser lo que fue en esos instantes. El alcohol, los años, la vida de montaña que no era más que el estrés citadino lo envejeció. El cáncer lo mató. Dejó el ajedrez antes de morir o en parte para morir sin remordimiento. Y el hombre sin vida que hoy es regresa en tu memoria como aquel enorme jugador de ajedrez con el que compartías soledades, magia e imaginación infantil.

Fue más que un juego el del señor del ajedrez. Fue una vida que marcó tu vida, lo que hoy te caracteriza, desde aquellos lejanos y nublosos años.

Han matado a su rey, señor del ajedrez. Su juego ha terminado.

Denhi M.






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