¿Sigo siendo?

¿Sigo siendo Denhi? Pregunto a la Denhi del pasado, a la Denhi de ayer, de hace un año.
No, me responde.
¿Por qué? Pregunto a la nada.
La nada, claro, no responde.
¿Por qué? Pregunto a Denhi.
Ella no quiere responder,
¿estará muerta?
¡Denhi! Le grito.
Ella se va hundiendo en el terrible 2015
hasta la cabeza que de un solo golpe le arranca el 2016.
Opto por viajar a un tiempo antes de que Denhi perdiera la cabeza.
Me subo a la montaña que marca los primeros años
del nuevo milenio y grito, ¡Denhi!
Ella está escondida tras un árbol,
convirtiendo en libro cada hoja,
siendo amiga de las caras que se forman en el tronco.
En el árbol hueco, tiene una vida hecha de hormigas y tierra. No me escucha. ¡Denhi! Vuelvo a gritarle. Ella no está acostumbrada a escuchar. Decido acercarme. Le toco el hombro diciendo: Denhi, ¿me escuchas?

Ella me mira directamente a los ojos y sonríe, -Me da gusto verte- responde -pero no te oigo, escríbeme- y me regala una parte de la hoja infinita del árbol hueco donde vive y vivirá para siempre. Yo la tomo y al instante me nubla la mente una profunda y espesa tristeza. No sabe lo que le espera, la soledad, el odio, el hundimiento, la burla, el abuso. No sabe que perderá la cabeza. Quiero escribir pero mi mano se debilita, mis lágrimas mojan la tierra de su árbol, mis labios secos tiemblan, mis piernas tambalean y caigo sobre mis rodillas. No puedo contener el llano. -Denhi, me digo, Denhi-. Ella también está llorando. Guarda su llanto en recipientes especiales para nutrir la tierra de su árbol y hacer más eterna su hoja para escribir. No puedo alzar la cabeza. No puedo mirarla, siento su tristeza.
Pasaron cinco años para que yo pudiera moverme de la posición en la que estaba y tomara la pluma y la hoja infinita. Escribo: “¿Sigo siendo Denhi?”. Ella toma la hoja, la lee y me responde: “No sé”. 

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