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Mostrando entradas de agosto, 2008

Don José

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Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. [ La Metamorfósis , Franz Kafka.] Don José llegó al Centro de Asistencia Social de Acapulco, Guerrero, quejándose de fuertes dolores en una de sus piernas. Sabía que en ese lugar comenzaría la cuenta regresiva de su vida; también sabía que ese dolor era lo único que le quedaba de un pasado enterrado en el olvido. --"Un padre puede cuidar a diez hijos, pero diez hijos no pueden cuidar a un padre". Recuerdo que el día en que oí esa frase, de un señor que me leía la Biblia , lloré y mi llanto se confundió con las lágrimas de dolor que, ya a esas alturas, eran muy comunes. Me alejé de mi familia para no volver jamás. Don José estaba sentado frente al director del Centro Social, un tal señor Ramírez. Se quitó el zapato izquierdo y, masajeando su talón, siguió hablándole al director. Su pie aparentaba ya no tener unión alguna c...

Sólo un día malo (eso digo yo)

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Un frío polar se alimenta de mi mirada soñadora... Del papel a la máquina. Para ella sería un día normal. Comúnmente despertaría con el mismo sueño, la misma pesadez en los párpados de la mirada, el mismo frío de mañana temprana, y los constantes recuerdos de días infelices. No podría evitar sentirse sola, en un cuarto helado y lejano de todo, como ella misma. Todo el día pasaría normal y, en tono negro, su río no daría indicios de querer encontrar el mar. Sin embargo, al caer la noche, ella procuraría escribirse así misma para curar sus soledades. Serían manuscritos cariñosos, de amor puro a ella misma y sólo con ella. Miraría el reloj cada que perdiese inspiración y notaría el complot que le juega el tiempo, retrasando los minutos en vez de seguir adelante. Cansada de estar consigo misma, ella optaría por dormir un rato. Acostada sobre su cama, le bajaría el volumen al reproductor y a la canción a tono: una de Ismael Serrano; comenzaría, entonces, a planearse una vida nueva y m...

Palanqueta

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Había un vez un animal conocido por muchos. Era el tranquilo cien pies, a quien la comunidad de gusanos respetaban por su gran tamaño. Un día, al cien pies se le ocurrió pintarse de café -¡Ah caray!, dijo una lombrisilla pispireta, con ese color pareces palanqueta. El cien pies rió a carcajadas: -¿De dónde sacas tantas jaladas? La lombriz se quedó muy pensativa... Se arrastró de un lugar a otro. Y pensó que por respeto a aquel insecto no le diría ni una grosería. Sólo vió su raro aspecto y comentó: -¡Déjate de tonterías! Pintarte de nuevo deberías. Moraleja a disposición del público. Denhi Miranda