Mis fiebres misteriosas

Las “fiebres misteriosas”
no tenían nada de misteriosas,
el pueblo las conocía
y sabía morir.

Pero el médico
el señor del saber
ante su falta de conocimiento
decidió llamarlas las fiebres
de un misterio tal
que no pasaban del sentido común.

El médico más reconocido de la época,
también el más arriesgado, atrevido y peleonero,
se puso a cocinar.

Muchos caldos y sopas salieron de la mente de este gran hombre,
cuyo interés principal era curar a los enfermitos de la Ciudad.

Lo recuerdo bien. Era el año de 1813 y estábamos en guerra. Nosotros no, ellos. Los médicos no, los otros ellos, los ejércitos insurgente y realista. La enfermedad nos asoló. Moríamos. Unos aquí, otros allá. El control estaba totalmente descontrolado.

Los médicos no dejaban de verse atractivos. La inteligencia los dotaba de una extraño atavío de fina superioridad. Pobres facultativos, no supieron siquiera de dónde vino la fiebre ni a dónde iba, ni a dónde fue después de las múltiples muertes. Los hombres del futuro lo definieron como tifus exantemático. Un piojo.

Teníamos calofrío, dolor en la cabeza, espalda y piernas, un sabor amargo en la boca y vomitábamos todo lo que comíamos.

¡Hombre! Señor Montaña, venga usted. Salga un rato de los hospitales y explíquenos lo que está pasando. Usted y nosotros sabemos que esto no puede seguir así. Nuestra gente se está muriendo. Venga, venga. Estábamos platicando también con los señores de la Facultad de Medicina y el Tribunal del Protomedicato, pero nuestra confianza la mantenemos con usted, doctor. Queremos conjuntar opiniones, las que vengan de usted, señor Montaña, tan práctico, tan de nosotros, tan lleno de experiencia. Y a los otros médicos ¡ah cómo nos gusta hacerlos hablar de cosas hipocráticas! Todos tienen lo suyito.

Te voy a adelantar un diagnóstico Doctor Montaña. La gente está triste. Odiamos al virrey, tenemos hambre y nos vale un comino mejorar nuestra situación. No entendemos. Por lo tanto, Galeno estará de testigo, estamos malitos de nuestras virtudes. 

También le agradecemos que haya ayudado al Ayuntamiento a pagar nuestras comidas y casas y ropas y todo lo necesario para apaciguar nuestro malestar. Con el dinero sepa lo que harán, pero está claro que no tienen mucho y por eso a veces nos dan y a veces no. Los lazaretos son horribles. Creo que morimos más ahí, pero eso ya lo sabemos y ustedes creo que también.


¡Ah señor Montaña, pero qué ricas sopitas nos preparó!


 Hans Holbein el Joven:
La Muerte y el médico
1538.


Denhi Miranda

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