Pues yo ya NO quiero que me reconozcan
No hay realidad, ni aquí ni allá...
Miré mis zapatos,
que se transformaron en caracoles
mientras una pequeña libélula
insistió en picar uno de mis tres ojos,
el oculto.
El aire como chocolate espeso,
me empujó y caí en blanda cama
con grandes tarántulas de almohada.
Comenzó a llover.
Y mi cielo de alcatraces permitió
que las gotas de dulces de gomita
se me pegaran en los brazos.
Mi sonrisa fantástica recrea
una canción de algún circo
en el que los animales amaestran
a los imberbes seres humanos.
Me pondré a caminar,
pero el suelo parecerá que no existe
y comenzaré a caer.
Terminaré en una gigantesca hoja de plátano
que me deslizará hacia una flor de algodón
violeta, grande y bella.
Yo, como tengo tanta hambre,
ingiero el dulce de algodón violeta.
Detrás de mis oídos discapacitados,
todos se enfurecerán por mi antipática gula.
Miradas ajenas.
Como y pienso:
"Me cansa tener tantas responsabilidades.
Qué culpa tengo yo del enojo
de aquellos, de éstos, o de tales por cuales.
Ya ni la mengana, ni el mengano
o el fulano o zutano. Ya ni ellos."
Pero pronto les doy la espalda a esos
personajes furiosos.
Mi andar no se detiene.
Opto por aventarme río abajo.
Mi cabeza cambiará de forma
conforme rebote y me golpee
con la espesa,
casi lodo, agua del río.
"No me importa", me digo,
"pues yo ya NO quiero que me reconozcan
como ser humano.
Ahora seré un bicho con vestido,
bailando milonga solitaria
con algún otro hombre alterado."
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